El año de la vivienda. 2026: la consolidación del negocio inmobiliario
Promesas públicas, beneficios privados y el vaciamiento
del derecho constitucional
El Gobierno proclamó 2025 como el año dedicado a resolver el
problema estructural de la vivienda en España. Un anuncio solemne que, en un
país donde el acceso a una vivienda digna se ha convertido en una quimera para
millones de personas, despertó expectativas y también escepticismo. El
Ejecutivo, que se autodefine como socialista, obrero y progresista, presentó
una batería de iniciativas que, lejos de transformar el modelo, parecen
reforzar las mismas dinámicas especulativas que han provocado la crisis habitacional.
El primer gran anuncio fue la promesa de construir cientos
de miles de viviendas de protección oficial. Una promesa repetida durante
décadas por distintos gobiernos y que, sistemáticamente, se diluye entre
retrasos, falta de suelo público y fórmulas de colaboración público-privada que
acaban beneficiando a las grandes promotoras. A esta promesa se sumó la
creación del teléfono gratuito 047, una línea de atención para que inquilinos e
inquilinas pudieran presentar quejas contra los propietarios. Una medida más
simbólica que efectiva, que desplaza el conflicto hacia la queja individual sin
alterar el profundo desequilibrio de poder existente en el mercado del
alquiler.
Posteriormente, el Gobierno anunció la creación de un
organismo estatal denominado Casa 47, una referencia directa al
artículo 47 de la Constitución Española. Un nombre cargado de simbolismo que
pretende transmitir compromiso con el derecho a la vivienda, aunque sin dotarlo
de herramientas reales para intervenir de forma estructural en el mercado. Se
crea una nueva institución, pero no se cuestiona el modelo que convierte la
vivienda en un activo financiero antes que en un derecho social.
Con la llegada del nuevo año, el Ejecutivo volvió a
escenificar su voluntad política. En una imagen cuidadosamente calculada, el
presidente del Gobierno apareció con chaleco de obrero de la construcción,
evocando una estética más cercana a la épica revolucionaria que a la gestión
pública. Desde ese escenario anunció “tres medidas urgentes” que serían
aprobadas en el Consejo de ministros. El mensaje era claro: se actuaría con
firmeza contra la especulación y los precios abusivos del alquiler.
Sin embargo, el contenido de la medida principal revela una
lógica muy distinta. El Gobierno anunció un sistema de incentivos fiscales para
aquellos propietarios que renueven sus contratos de alquiler en 2026 sin subir
el precio. A cambio, recibirán una bonificación fiscal del 100 % en el IRPF. Es
decir, el Estado dejará de recaudar impuestos de los propietarios para
compensarles por no incrementar los precios.
Este planteamiento encierra una contradicción profunda. En
lugar de regular de manera efectiva el mercado del alquiler, se opta por
subvencionar a los propietarios con dinero público. Traducido al lenguaje
cotidiano: los impuestos que pagamos todas y todos —incluidos los propios
inquilinos— se utilizarán para engordar las cuentas de resultados de quienes ya
se benefician del negocio inmobiliario. Una transferencia directa de recursos
públicos hacia propietarios, grandes tenedores y fondos buitre.
Resulta especialmente llamativo que una medida de este
calibre sea presentada como una política progresista. Bajo el discurso de la
contención de precios se oculta un mecanismo clásico de socialización de
pérdidas y privatización de beneficios.
El Estado renuncia a ingresos fiscales para garantizar la
rentabilidad de la propiedad privada, mientras millones de personas destinan
más del 40 % de sus ingresos al alquiler o se ven expulsadas de sus barrios.
Todo ello se justifica apelando al artículo 47 de la
Constitución Española, que reconoce el derecho de todos los españoles a
disfrutar de una vivienda digna y adecuada, obliga a los poderes públicos a
impedir la especulación y establece que la comunidad debe participar en las
plusvalías generadas por la acción urbanística. Sin embargo, la práctica
política desmiente de forma sistemática este mandato constitucional.
Lejos de impedir la especulación, las políticas actuales la
incentivan. Lejos de regular el suelo en función del interés general, se somete
a la lógica del mercado. Y lejos de hacer que la comunidad participe en las
plusvalías, estas se pagan a los especuladores con fondos públicos. El
resultado es un vaciamiento del contenido social de la Constitución, convertida
en un texto retórico sin capacidad real de protección.
Esta deriva no es exclusiva del Gobierno central. Los
gobiernos autonómicos, responsables de buena parte de las competencias en
vivienda, aplican políticas similares o directamente se niegan a intervenir en
el mercado. El Tribunal Constitucional, por su parte, ha avalado en repetidas
ocasiones recortes a las regulaciones más ambiciosas, consolidando un marco
jurídico que prioriza la propiedad privada frente al derecho a la vivienda.
Ante este escenario, cabe preguntarse hasta qué punto tiene
sentido seguir invocando una Constitución que no se cumple. Si el texto
constitucional es sistemáticamente ignorado por las instituciones que deberían
garantizarlo, quizá sería más honesto reconocerlo abiertamente: dejar de
utilizarlo como coartada política y admitir que el derecho a la vivienda ha
sido subordinado a los intereses económicos.
Mantener las siglas de “socialista” y “obrero” mientras se
aplican políticas que refuerzan el negocio inmobiliario no solo es incoherente,
sino profundamente deslegitimador. La ciudadanía percibe esta contradicción, y
por eso cada vez más personas desconfían de los discursos oficiales. Por muchas
veces que se repita el relato desde el Gobierno, las autonomías o desde
economistas subordinados a fondos financieros con amplia presencia en los
medios de comunicación, la realidad cotidiana desmiente las palabras.
La crisis de la vivienda no se resolverá con campañas de
imagen, organismos sin poder real ni regalos fiscales a los propietarios.
Requiere una intervención decidida del Estado, una apuesta firme por el parque
público de vivienda, la expropiación del uso en casos de especulación y la
subordinación del mercado al interés general. Todo lo demás es propaganda.
Y la propaganda, por sí sola, no da techo.
Antecedentes: cuando el patrimonio
público se entrega al capital financiero
Nada de lo que ocurre hoy en materia de vivienda es nuevo.
Las actuales políticas no son una anomalía ni un error de cálculo, sino la
prolongación de decisiones tomadas años atrás, cuando distintas
administraciones —con discursos ideológicos distintos, pero con la misma lógica
de mercado— sentaron las bases del actual poder de los fondos financieros sobre
la vivienda.
“De aquellos polvos, estos lodos”, resume Arantxa Mejías,
presidenta de la Asociación de Afectados y Afectadas por la Venta de Viviendas
Públicas de la EMVS (AAVVE). Su testimonio conecta directamente la situación
actual con una de las operaciones más paradigmáticas del vaciamiento del parque
público: la venta a Blackstone de viviendas municipales y la expulsión
progresiva de miles de familias de lo que debía ser un derecho garantizado.
En su caso, su familia fue una de las 1.860 afectadas por la
venta de viviendas públicas de la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo de
Madrid durante el gobierno de Ana Botella. En el momento de la adjudicación, en
torno a 2004, sus padres pagaban unos 500 euros mensuales por una vivienda de
protección oficial. Once años después de la venta al fondo buitre, el alquiler
se ha más que duplicado hasta situarse en torno a los 1.100 euros. Aunque
continúan viviendo en el mismo domicilio, la herida política y social de
aquella operación sigue abierta.
La decisión de desprenderse de cerca de un tercio del
patrimonio municipal de vivienda se tomó en un contexto en el que ya existía
una grave crisis habitacional, con desahucios continuos y un acceso cada vez
más restringido al alquiler. “Era absurdo que al Ayuntamiento se le ocurriera
vender el poco patrimonio habitacional del que disponía, y más aún a precio
irrisorio”, denuncia Mejías. Lejos de ser una anomalía, aquella venta anticipó
el modelo que hoy se presenta como inevitable: desinversión pública, opacidad
institucional y dependencia creciente de grandes tenedores privados.
Uno de los elementos más violentos del proceso fue la falta
de información y la indefensión a la que se vieron sometidas las familias
afectadas. “Nos enteramos de todo cuando una vecina recibió la notificación de
desahucio”, recuerda. La administración que debía garantizar el derecho a la
vivienda actuó como intermediaria de su liquidación.
La llegada de Blackstone y su filial Fidere supuso para
muchas familias el primer contacto directo con los llamados “fondos buitre”,
hoy plenamente normalizados en el discurso institucional y mediático. La
negativa a renovar contratos, las presiones y el incremento sistemático de los
alquileres convirtieron la vivienda pública en un activo especulativo más.
Este episodio no es una excepción atribuible a un único
signo político. Es la demostración de una continuidad estructural: gobiernos
conservadores y progresistas han coincidido en desmantelar el parque público,
facilitar la entrada de fondos financieros y renunciar a un control efectivo
del mercado. La diferencia ha sido, en muchos casos, únicamente retórica.
Estos antecedentes explican por qué las actuales políticas
del Gobierno central no representan una ruptura real con el pasado. Los
incentivos fiscales a propietarios, la colaboración público-privada y la
negativa a ampliar de forma significativa el parque público no son un giro
progresista, sino la continuidad de una misma estrategia aplicada durante
décadas. Cambian los discursos, pero no los beneficiarios.
La crisis de la vivienda, por tanto, no es el resultado de
errores aislados, sino de una decisión política sostenida en el tiempo:
gobernar para los fondos financieros y no para quienes viven de alquiler. Y
mientras no se reconozca esta continuidad —mientras derecha y progresía sigan
aplicando el mismo modelo con distinto lenguaje—, el derecho
constitucional a la vivienda seguirá siendo una promesa vacía.
J.C.G
30 de enero de 2026
